No vengo de una familia de políticos. Vengo de las calles de Quebrada Arriba, un barrio que, en mi niñez, era el más violento de Rionegro, marcado por la drogadicción, los hurtos y los asesinatos. En medio de esa difícil realidad, creció mi visión de la comunidad, mi urgencia por transformar nuestro territorio y buscar el bienestar para todos.

Pero mis padres, un empleado de Postobón y una madre comunitaria, me enseñaron que los valores son más fuertes que cualquier entorno. Me inculcaron la honestidad, la disciplina, la tolerancia y el compromiso, principios que llevo conmigo hasta hoy.

Esas difíciles condiciones de mi infancia no me definieron, sino que me mostraron la hoja de ruta. Mi deseo de transformar mi territorio y buscar el bienestar para la comunidad no es una propuesta de campaña, es una convicción que nació de mi propia vida. Hoy, mi misión es trabajar para que ningún niño de Rionegro crezca en esas mismas condiciones.


La disciplina no es solo una palabra para mí; es la esencia de mi vida. Fui un deportista de alto rendimiento, y el karate no solo me dio títulos, sino que forjó mi carácter. Representé a mi municipio, departamento y país, e incluso llegué a ser subcampeón mundial en Argentina.

Cada entrenamiento, cada combate, me enseñó el valor de la disciplina, la resiliencia y la responsabilidad. Aprendí que no hay atajos para el éxito y que los resultados se obtienen con esfuerzo constante.

Esas lecciones no se quedaron en el dojo; las aplico en cada etapa de mi vida, incluyendo la política.

Abrí mi academia en 2009 con la meta de transmitir ese conocimiento y formar a las nuevas generaciones. Para mí, la gestión pública es como el karate: requiere enfoque, rigor y la capacidad de levantarse una y otra vez para asumir los desafíos.

Todo lo que hago lo asumo con la misma responsabilidad que me enseñó el deporte.